Una copa de alma, es lo que digo últimamente al llegar a un local. No es un frase textual, pero casi. Los vinos pálidos con sus tonos dorados, pajizos o, incluso, irisaciones verde limón, han ganado nuestros paladares para iniciar un aperitivo, un cóctel o pre-cena. Y es que son licores con una esencia y un cuerpo muy especiales, un aura, que llamaremos alma.
No sé si cuestión de modas o cuestión de gustos, pero los vinos blancos se han instalado en las cartas de los bares y restaurantes de un plumazo y para quedarse. De hecho, varias bodegas, más conocidas por sus tintos, están empezando a comercializar o repuntar sus blancos. Este es el caso de Cune, Muga o El Diamante de Rioja.
